2025-11-20 00:00:00

MUERTE EN TRIANA

Autor: Manuel Machuca

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Caso clínico farmacéutico como relato policiaco para docencia.

Idiomas: español, English and portuguese.

Dificultad: baja.

La inspectora Rosa Sánchez detuvo el coche frente al número 27 de la calle San Jacinto, en el corazón del barrio sevillano de Triana. El cielo estaba gris, y una llovizna fina convertía las luces amarillas de las farolas en halos brumosos. Los vehículos circulaban con prudencia, a diferencia de los transeúntes, que trataban de evitar el chaparrón que se acercaba por el oeste. No parecía el escenario de un crimen, pero la llamada que había recibido no dejaba lugar a dudas: un hombre había aparecido muerto en su apartamento, sin signos de violencia.

Algo no me cuadra pensó la inspectora mientras echaba un vistazo a la fachada del edificio antes de subir a la vivienda. 

El portón estaba abierto. Subió por la escalera estrecha y al entrar en la casa encontró al forense inclinado sobre el cadáver, apuntándole con la cámara fotográfica.  Antonio Luque, sesenta y cuatro años, yacía desplomado en su sofá, como si se hubiera quedado dormido con la radio encendida. La cadena COPE todavía sonaba a todo volumen en la habitación.

     Apaga la radio, no te vaya a dar una taquicardiaindicó doctor Javier Matías, forense titular de la comisaría de Triana.

La mesa del salón mostraba un orden extraño: un vaso de agua a medio beber, una caja de medicamentos abierta, una revista de crucigramas, un tensiómetro y un gel de fisioterapia caducado. Después de ponerse los guantes, la inspectora se dispuso a pulsar la memoria del tensiómetro.

         ¿Puedo? preguntó al forense.

         Yo te lo digo, Rositale respondió en el tono familiar de haber compartido más de un escenario escabroso juntos. Hace treinta y seis horas la presión arterial medida fue de 165/100 mmHg.

         Alta, pero no tanto como para morirse. ¿Cuánto tiempo lleva muerto, Javier? preguntó la inspectora con cierta ironía.

         Entre treinta y seis horas y cuarenta y ocho, todavía no lo sabemos a ciencia cierta explicó el forense. Por los datos del tensiómetro, parece que alguien pulsó el aparato en ese momento. Hay huellas del fiambre, pero también de otras personas. Habrá que revisarlas en los ficheros.

     Pero no hay heridas, ni golpes, ni indicios de forcejeoapunto Rosa . Podría ser una muerte natural, aunque hay detalles que no me gustan, Javier dirigiéndose al forense, con el que había compartido más de un caso.

          Súbele la parte de arriba del pijama, las piernas están igual.

         Tremendos moratones.

         No estoy tan seguro de que no haya habido algún tipo de violencia, Rosita.

Rosa Sánchez observó el cuerpo del hombre. Hematomas irregulares. Algo extensos para ser casuales. El roce de la pistola sobre su axila le hizo sentir un escalofrío.

         Parece como si el cuerpo se hubiera resquebrajado por dentro señaló la inspectora.

         Un análisis preliminar ha revelado sangre en el tracto gastrointestinal. Tendremos que confirmarlo en laboratorio.

Rosa frunció el ceño. Aquel patrón no apuntaba a un asesino con un arma, sino a un enemigo más silencioso.

         ¿Habéis hecho pruebas de coagulación? preguntó Rosa.

     Sí, pero no son fiables. Con el tiempo que lleva muerto puede haber habido hemolisis, activación enzimática. La descomposición, o incluso si hubo una inflamación terminal por un golpe, podría alterarlo todo.

La inspectora recorrió la cocina. Todo estaba en su sitio, salvo una botella de zumo de pomelo, recién abierta. En la encimera, varias cajas de medicamentos: acenocumarol, sertralina, omeprazol, zolpidem, paracetamol, ibuprofeno y diltiazem. Dosis normales, cajas a las que faltaban a penas dos o tres comprimidos... Nada que pareciera un intento de suicidio.

         ¿Y si no fue un crimen? murmuró Rosa . ¿Y si algo de aquí lo mató sin querer?

Pidió el historial médico del paciente. Hipertensión. Depresión. Fibrilación auricular. Insomnio. Artrosis en las rodillas. Reflujo gastroesofágico.

     Nada extraordinario para un hombre de su edad relata el forense, con mirada pensativa. Ni siquiera que en la radio sonara la COPE.

La inspectora no supo interpretar lo que quería decir el forense. Sí se fijó en la mesa, una caja de ibuprofeno abierta a la que le faltaban cinco comprimidos, y al lado una caja de zumo de pomelo recién abierta.

Rosa pidió permiso al forense y se sentó en el borde del sofá, respiró hondo y reconstruyó mentalmente las últimas horas de Antonio Luque. Un hombre que vivía solo, sin antecedentes penales, viviendo en una casa de clase media alta

         ¿Qué puede haber pasado, doctor?

         Se me escapa, he llamado a la brigada farmacéutica de la policía científica. Ellos nos ayudarán.

         Vayareplicó la inspectora Rosa , qué extraño se me hace a un médico hablar bien de farmacéuticos.

         Soy forense, inspectora, y sé que solo ellos podrán resolver el caso.


DEATH IN TRIANA

 Inspector Rosa Sánchez parked the car in front of number 27 on San Jacinto Street, in the heart of Sevilles Triana district. The sky was gray, and a fine drizzle turned the yellow streetlights into misty halos. Vehicles were driving cautiously, unlike the pedestrians, who were trying to avoid the downpour moving in from the west. It didnt look like a crime scene, but the call she had received left no doubt: a man had been found dead in his apartment, with no signs of violence.

Something doesnt add up, the inspector thought as she glanced at the building façade before going up to the apartment.

The entrance door was open. She climbed the narrow staircase, and upon entering the home she found the forensic doctor bent over the body, pointing a camera at it. Antonio Luque, sixty-four years old, lay collapsed on his sofa, as if he had fallen asleep with the radio on. The COPE radio station was still blaring in the room.

 Turn off the radio, or you might end up with tachycardia, said Dr. Javier Matías, the forensic pathologist assigned to the Triana precinct.

The living-room table displayed an odd order: a half-drunk glass of water, an open box of medication, a crossword magazine, a blood-pressure monitor, and an expired physical therapy gel. After putting on gloves, the inspector reached to press the memory button on the blood-pressure monitor.

May I? she asked the forensic doctor.

Ill tell you, Rosita, he replied in the familiar tone of someone who had shared more than one grim scene with her. Thirty-six hours ago, the recorded blood pressure was 165/100 mmHg.

High, but not high enough to die from. How long has he been dead, Javier? the inspector asked with a hint of irony.

Between thirty-six and forty-eight hourswere not entirely sure yet, explained the forensic doctor. Based on the monitors record, it seems someone used the device around that time. There are prints from our stiff friend, but also from other people. Well have to check them in the system.

 

But there are no wounds, no blows, no signs of struggle, Rosa pointed outaddressing the forensic doctor, with whom she had shared more than one case. It could be a natural death, although there are details, I dont like, Javier.

Lift the top of his pajamas, his legs look the same.

Massive bruises.

Im not so sure there wasnt some kind of violence involved, Rosita.

Rosa Sánchez observed the mans body. Irregular bruises. Too extensive to be casual. The rub of her gun against her ribcage sent a chill through her.

It looks like his body just broke apart from the inside, the inspector noted.

A preliminary analysis revealed blood in the gastrointestinal tract. Well need the lab to confirm.

Rosa frowned. This didnt look like the work of an assailant with a weapon but rather of a much more silent enemy.

Have you done coagulation tests? Rosa asked.

Yes, but theyre not reliable. After so long dead you can get hemolysis, enzymatic activation decomposition, or even terminal inflammation from a blow can alter everything.

The inspector walked through the kitchen. Everything was in place, except for a newly opened bottle of grapefruit juice. On the counter, several medication boxes: warfarine, sertraline, omeprazole, zolpidem, paracetamol, ibuprofen, and diltiazem. Normal doses, boxes missing only two or three tablets nothing suggesting a suicide attempt.

What if it wasnt a crime? Rosa murmured. What if something here killed him unintentionally?

She requested the patients medical history. Hypertension. Depression. Atrial fibrillation. Insomnia. Knee osteoarthritis. Gastroesophageal reflux.

Nothing unusual for a man his age, said the forensic doctor, pensively. Not even that COPE was playing on the radio.

The inspector wasnt sure what he meant by that. She did notice the ibuprofen box on the tableopened, missing five tabletsand next to it the freshly opened grapefruit juice.

Rosa asked the forensic doctor for permission, sat on the edge of the sofa, took a deep breath, and mentally reconstructed the last hours of Antonio Luques life. A man living alone, with no criminal record, in a middle-upper class household

What could have happened, doctor?

Im not sure, Ive called the pharmaceutical squad from the forensic police. Theyll help us.

Well, Rosa replied, its rare to hear a doctor speak well of pharmacists.

Im a forensic doctor, Inspector, and I know only they will be able to solve this case.


MORTE EM TRIANA

 A inspetora Rosa Sánchez estacionou o carro em frente ao número 27 da rua San Jacinto, no coração do bairro de Triana, em Sevilha. O céu estava cinzento, e uma garoa fina transformava as luzes amarelas dos postes em halos enevoados. Os veículos circulavam com cautela, ao contrário dos pedestres, que tentavam evitar a chuva que se aproximava pelo oeste. Não parecia um cenário de crime, mas a chamada que ela havia recebido não deixava dúvidas: um homem havia sido encontrado morto em seu apartamento, sem sinais de violência.

Alguma coisa não fecha, pensou a inspetora enquanto observava a fachada do prédio antes de subir ao apartamento.

O portão estava aberto. Ela subiu a escada estreita e, ao entrar no imóvel, encontrou o perito legista curvado sobre o cadáver, apontando a câmera para ele. Antonio Luque, sessenta e quatro anos, jazia desabado em seu sofá, como se tivesse adormecido com o rádio ligado. A emissora COPE ainda tocava em alto volume na sala.

Desliga o rádio, senão você é que vai acabar com taquicardia, disse o Dr. Javier Matías, legista titular da delegacia de Triana.

A mesa da sala exibía uma ordem estranha: um copo de água pela metade, uma caixa de remédios aberta, uma revista de palavras cruzadas, um medidor de pressão e um gel de fisioterapia vencido. Depois de colocar as luvas, a inspetora tentou apertar o botão de memória do medidor.

Posso? perguntou ao legista.

Eu te digo, Rosita, respondeu ele com o tom familiar de quem já havia dividido mais de uma cena desagradável. Trinta e seis horas atrás a pressão registrada foi de 165/100 mmHg.

Alta, mas não o suficiente para matar. Há quanto tempo ele morreu, Javier? perguntou a inspetora com certa ironia.

Entre trinta e seis e quarenta e oito horas ainda não sabemos ao certo, explicou o legista. Pelos dados do aparelho, parece que alguém o usou nesse horário. Há impressões digitais do defunto, mas também de outras pessoas. Teremos de verificar no banco de dados.

Mas não há ferimentos, nem golpes, nem sinais de luta, apontou Rosa falando com o legista, com quem já havia trabalhado em vários casos. Pode ter sido morte natural, embora haja detalhes que não me agradam, Javier.

Levanta a parte de cima do pijama as pernas estão iguais.

Hematomas enormes.

Não tenho tanta certeza de que não houve algum tipo de violência, Rosita.

Rosa Sánchez observou o corpo do homem. Hematomas irregulares. Extensos demais para serem casuais. O toque da arma sob sua axila fez correr um arrepio.

Parece que o corpo dele se quebrou por dentro, comentou a inspetora.

Uma análise preliminar revelou sangue no trato gastrointestinal. Vamos precisar da confirmação do laboratório.

Rosa franziu a testa. O padrão não apontava para um assassino com uma arma, mas para um inimigo muito mais silencioso.

Vocês fizeram testes de coagulação? perguntou Rosa.

Sim, mas não são confiáveis. Com o tempo de morte, pode haver hemólise, ativação enzimática decomposição, ou até inflamação terminal por um golpe, e isso altera tudo.

A inspetora percorreu a cozinha. Tudo estava em seu lugar, exceto uma garrafa de suco de grapefruit recém-aberta. Sobre a bancada, várias caixas de medicamentos: warfarina, sertralina, omeprazol, zolpidem, paracetamol, ibuprofeno e diltiazem. Doses normais, caixas com apenas dois ou três comprimidos a menos nada que parecesse tentativa de suicídio.

E se não foi um crime? murmurou Rosa. E se algo daqui o matou sem querer?

Ela pediu o prontuário médico do paciente. Hipertensão. Depressão. Fibrilação atrial. Insônia. Artrose nos joelhos. Refluxo gastroesofágico.

Nada extraordinário para um homem dessa idade, comentou o legista, pensativo. Nem mesmo que estivesse ouvindo a COPE.

A inspetora não entendeu bem o comentário. Mas notou a caixa de ibuprofeno na mesa aberta, faltando cinco comprimidos e ao lado dela o suco de grapefruit recém-aberto.

Rosa pediu permissão ao legista, sentou-se à beira do sofá, respirou fundo e reconstruiu mentalmente as últimas horas de Antonio Luque. Um homem que vivia sozinho, sem antecedentes criminais, em uma casa de classe média alta

O que pode ter acontecido, doutor?

Não sei chamei a brigada farmacêutica da polícia científica. Eles vão nos ajudar.

Vejam só, replicou Rosa, que estranho ouvir um médico falar bem de farmacêuticos.

Sou legista, inspetora, e sei que só eles poderão resolver este caso.