Hace un par de años tuve la oportunidad de enseñar Historia de la Farmacia en la universidad. Fue un curso muy productivo, en el que aprendí básicamente tres cosas (sí, el profesor aprende mientras enseña, como dice Paulo Freire):
Y
3. Que para cambiar el curso de las cosas precisamos regresar por el camino de la historia. Y, sin renunciar a los enormes avances que la biomedicina ha aportado, aporta y seguirá aportando, recuperar de nuevo lo inexplicable donde lo dejamos atrás, acoger las emociones de los pacientes y que su atención condicione en positivo el abordaje de la enfermedad. Y que todos, pacientes y profesionales, comprendamos que, por supuesto, el medicamento puede tener un lugar crucial como tratamiento, pero que, a veces, acompañar al paciente en su proceso desde el respeto y la comprensión, entender que con demasiada frecuencia tras una enfermedad hay un problema social, en definitiva, estrechar el vínculo y la relación terapéutica como hacen otras medicinas tradicionales, pueden también llevarnos al éxito, y que el éxito no es solo clínico, sino también psicológico, social y espiritual, crean en lo que crean quienes están involucrados en la relación terapéutica. Y que este tipo de éxito nos hace mejores personas y más humanos.
Precisamos cambiar el modelo asistencial. La atención sanitaria no falla porque falten profesionales de la medicina o la enfermería, sino porque el modelo ya no da para más. La medicina ya no es solo biomedicina, porque la enfermedad no es solo un desorden biológico como defendía Hipócrates, ya que a veces el desorden biológico es consecuencia de otros desórdenes que están en la raíz de todo, en un mundo con tantas desigualdades sociales, tan individualista y tan necesitado de volver a ser civilizado, como animales sociales que somos. Y en este escenario, los farmacéuticos estamos llamados, como expertos del medicamento que somos, a liberarnos de las ataduras económicas y de gestión de productos, e implicarnos en desmedicalizar y, sobre todo, en asegurar que los medicamentos se utilicen cuando sean estrictamente necesarios y aplicar la tecnología sanitaria que conocemos y no nos permitimos aplicar para optimizar sus resultados, entendidos como bienestar físico, emocional, social y espiritual. Y si esto se ve como algo idealista no es porque lo sea, querido lector, sino porque, y esto también lo aprendí con aquellas clases de historia, quienes ostentan el poder no suelen ser quienes pretenden mejorar el mundo, sino que con más frecuencia de lo deseable lo que pretenden es mantenerlo en las mismas condiciones que propiciaron su acceso al trono. Este cuarto punto, el poder como cerrojo para el progreso, daría, sin duda para una reflexión más amplia.