2025-07-29 00:00:00

ALGUNAS LECCIONES QUE RECIBÍ DE HISTORIA

Autor: Manuel Machuca

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Hace un par de años tuve la oportunidad de enseñar Historia de la Farmacia en la universidad. Fue un curso muy productivo, en el que aprendí básicamente tres cosas (sí, el profesor aprende mientras enseña, como dice Paulo Freire):

  1. Que los seres humanos somos muy parecidos en todas partes del mundo: la medicina tradicional, recuerden que en la antigüedad, medicina y farmacia eran una misma cosa y que quien diagnosticaba elaboraba también el remedio, era muy similar en cualquier parte del mundo. Es decir, el mundo globalizado en el que vivimos era también bastante globalizado hace miles de años a pesar de nuestra falta de contacto entre civilizaciones, porque el ser humano busca siempre, con mayor o menor suerte, ética o moral, lo mismo, y ante su falta de comprensión del mundo creó una figura superior y todopoderosa que le permite cerrar el círculo de respuestas a lo inexplicable.  
  2. Que la medicina occidental que nace con Hipócrates y avanza de forma acelerada gracias al método científico, se basó en dejar a un lado a Dios, a las maldiciones divinas enviadas por esos seres que nos ayudaban a cerrar el círculo de lo inexplicable, como máximas responsables de las enfermedades. Que gracias al concepto de enfermedad como desequilibrio en el cuerpo, la medicina y la farmacia avanzaron como en ningún otro lugar, a lo que sin duda contribuyó el desarrollo de metodologías científicas para buscar los mejores remedios al sufrimiento humano. Pero que, al mismo tiempo, ese olvido de Dios, al concebir la enfermedad como un hecho estrictamente biológico, y la separación de mente y cuerpo que comienza con Descartes, nos dificultan enormemente comprender, en la era de la cronicidad, las emociones de los pacientes y su sufrimiento, algo que en otras medicinas tradicionales, menos avanzadas científicamente, si entendemos lo científico como algo biomédico, lo que sería otra discusión, sí atienden de forma más adecuada. Esto nos conduce a subestimar, y con frecuencia ignorar, que, a pesar de tener medicamentos tecnológicamente muy avanzados, la falta de adherencia de los pacientes a su tratamiento está estrechamente relacionada a la incomprensión por parte del modelo biomédico de la influencia que las emociones acerca de la enfermedad y su tratamiento suscitan en los pacientes. Es decir, que si la elección de la terapéutica de una enfermedad no parte de comprender su significado psicológico y social para cada paciente, el fracaso de la biomedicina como alternativa terapéutica exclusiva es de una alta probabilidad, como lo demuestran las escandalosas cifras de incumplimiento terapéutico. Y que este fracaso, como casi todos los fracasos de los seres humanos, nos lleva a buscar culpables fuera de nosotros mismos, dejando la autocrítica para los historiadores.

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    3. Que para cambiar el curso de las cosas precisamos regresar por el camino de la historia. Y, sin renunciar a los enormes avances que la biomedicina ha aportado, aporta y seguirá aportando, recuperar de nuevo lo inexplicable donde lo dejamos atrás, acoger las emociones de los pacientes y que su atención condicione en positivo el abordaje de la enfermedad. Y que todos, pacientes y profesionales, comprendamos que, por supuesto, el medicamento puede tener un lugar crucial como tratamiento, pero que, a veces, acompañar al paciente en su proceso desde el respeto y la comprensión, entender que con demasiada frecuencia tras una enfermedad hay un problema social, en definitiva, estrechar el vínculo y la relación terapéutica como hacen otras medicinas tradicionales, pueden también llevarnos al éxito, y que el éxito no es solo clínico, sino también psicológico, social y espiritual, crean en lo que crean quienes están involucrados en la relación terapéutica. Y que este tipo de éxito nos hace mejores personas y más humanos.

    Precisamos cambiar el modelo asistencial. La atención sanitaria no falla porque falten profesionales de la medicina o la enfermería, sino porque el modelo ya no da para más. La medicina ya no es solo biomedicina, porque la enfermedad no es solo un desorden biológico como defendía Hipócrates, ya que a veces el desorden biológico es consecuencia de otros desórdenes que están en la raíz de todo, en un mundo con tantas desigualdades sociales, tan individualista y tan necesitado de volver a ser civilizado, como animales sociales que somos.  Y en este escenario, los farmacéuticos estamos llamados, como expertos del medicamento que somos, a liberarnos de las ataduras económicas y de gestión de productos, e implicarnos en desmedicalizar y, sobre todo, en asegurar que los medicamentos se utilicen cuando sean estrictamente necesarios y aplicar la tecnología sanitaria que conocemos y no nos permitimos aplicar para optimizar sus resultados, entendidos como bienestar físico, emocional, social y espiritual. Y si esto se ve como algo idealista no es porque lo sea, querido lector, sino porque, y esto también lo aprendí con aquellas clases de historia, quienes ostentan el poder no suelen ser quienes pretenden mejorar el mundo, sino que con más frecuencia de lo deseable lo que pretenden es mantenerlo en las mismas condiciones que propiciaron su acceso al trono. Este cuarto punto, el poder como cerrojo para el progreso, daría, sin duda para una reflexión más amplia.


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Ful Navalón 2025-08-06 16:41:00
Qué grandes reflexiones! Gracias por compartirlas. Estoy seguro que tus alumnos habrán disfrutado y aprendido de tus enseñanzas. Abrazos