Querido Eduardo:
Cuando tu destino se hizo inevitable quise recordar cómo nos conocimos. Sigo sin recordarlo, tampoco es que, la verdad, me importe mucho. Quizás fuera a través de Alejandro Luque, cuando entré a formar parte de la plantilla de Estado Crítico, la revista digital de crítica literaria en la que disfrutaba de aquellas reseñas tan tuyas, tan originales, tan geniales, que hacías sobre los libros que leías. Quizás fuera a raíz de la publicación del libro El derbi final No lo sé, y qué más da.
Lo que sí recuerdo es cuando comencé a encontrarme contigo aquellos viernes tan beernes en El Pasiego, otro lugar tan moribundo desde que tú dejaste de frecuentarlo y que ha acompañado tu enfermedad como su auténtico correlato. Yo regresaba de trabajar en la farmacia a mediodía y te encontraba en una mesa de la terraza, siempre en la terraza, tu oficina, con una cerveza en la mesa y un libro en las manos. De unos primeros viernes apenas saludándonos e intercambiando breves palabras, pasé a aceptar tu invitación a compartir una cerveza, y con el paso de las semanas dos, tres o las que se terciaran, hasta que reunirnos cada viernes se convirtió en una tradición, palabra que en Sevilla, así somos, se utiliza para definir a algo que se ha repetido más de dos veces. Y así, durante varios años, con sus semanas y sus viernes de beernes correspondientes, dibujar la vida desde esa mesa que era tuya. Una mesa que se amplió, y que quizás en algún momento llegó a ampliarse demasiado, tanto que hasta que, como desgraciadamente suele pasar, acabó por romperse para todos, incluso para ti.
Contigo compartí tus sueños, tu amor contagioso a Cádiz, tus esperanzas y tus frustraciones. Momentos por los que, evidentemente, todos pasamos alguna vez en la vida, pero que en tu caso fueron profundamente injustos.
Contigo, Eduardo, la vida no fue justa a la hora de reconocer tu inmenso talento. Y entre las múltiples pruebas que tenemos de que vivimos en una sociedad injusta, está la realidad inobjetable de que no te hemos sabido aprovechar. Quizás fuera porque no te merecíamos, porque en nuestra mediocridad no supimos comprenderte, estar a tu altura. Y si escribo esto en condicional, en un tiempo verbal abierto a la duda, seguramente sea porque yo mismo tampoco llegué a saber apreciar que eras un ser humano único.
Pero, a pesar de todo, ni dejaste de luchar ni permitiste que esa incomprensión mellase en algún momento tu talante y tu genio; ni tu sentido del humor, que has llevado hasta el último día y más allá. Y como prueba de ello, la vestimenta que elegiste tu mortaja. Como me dijo Reyes, brillante hasta el último momento. Qué acierto tuvo tu querida Reyes al elegir la frase que reza en la corona de flores, el último verso del último libro tuyo que salió de imprenta la semana pasada, La salud de los seres inmortales: «Siempre nos vamos los mejores».
Que la tierra te sea leve, amigo. Me hubiera gustado que tu partida hubiera sido un beernes, pero no habría sido justo con un día de la semana que supuso tanto disfrute para ti. Te fuiste el día antes del eclipse, algo que dicen que también sucedió en el año 33 de nuestra era al otro lado del Mediterráneo.
Espero no olvidarte mientras conserve la memoria, porque fuiste ejemplo de una genialidad inimitable a la que no aspiro, pero también de resistencia, de afrontar el futuro con tenacidad y sentido del humor y de vivir la vida hasta el último aliento, y esto sí que me gustaría tomarlo prestado de ti, aunque apenas lo convierta en una mala copia.
Gracias, Eduardo, por tu amistad, por los maravillosos beernes que me hiciste pasar, por esas maratones de microrrelatos en la Feria del Libro, por acompañarme en mis presentaciones, por los relatos y novelas compartidas, por tus consejos. Y gracias también en nombre de todo ese grupo inmenso de modestos escritores y aspirantes a serlo a los que nos diste un espacio de dignidad. Ojalá no te convirtamos nunca en pasado y seas para nosotros siempre presente.